Cruce de caminos
Tirando Millas
Cruce de caminos.
Cuando romper con tu pareja es preferible a romper con tu bicicleta.
El sonido del rodar de mi bicicleta se pierde en la espesura del bosque. Mis piernas pugnan con las hojas de los helechos por las gotas de rocío que las tapizan, mientras a mi lado pasan, veloces, los troncos inmensos de la secoyas milenarias. El camino ondula y serpentea bajo el manillar y, por unos instantes, mi bicicleta y yo somos un sólo cuerpo ejecutando una coreografía perfecta.
Termina el fulgurante descenso y el camino emerge de la penumbra del bosque, partiendo en dos la llanura soleada que se abre ante mis ojos. Alcanzo una encrucijada y me detengo a esperar a mi compañera. Me siento a la sombra de una solitaria encina, contemplando el mar en la distancia. El viento mece la yerba que tapiza los campos.
Un tosco letrero de madera señala el cruce de caminos. El ramal de la derecha discurre por un valle que desciende suavemente hacia las playas de arenas doradas. El sendero de la izquierda se desploma hacia una hondonada y penetra en un lúgubre bosquecillo de eucalipto y yedra venenosa, tapizado de raíces húmedas y traicioneras y repleto de escalones de piedra rota y zarzas de agudas espinas.
Pasan los minutos y nadie aparece. Sólo se escucha el sonido del viento. ¿Cómo va a aparecer una persona a la que probablemente nunca volveré a ver?

Hay quien consulta sus decisiones con la almohada. Otros las consultan con sus parientes o amigos. Yo a menudo prefiero consultarlas con mi bicicleta en la soledad de mi camino favorito. La concentración extrema, la velocidad, las dificultades técnicas, es esfuerzo físico, la belleza de la naturaleza, permiten que mi mente se vacíe completamente. En estos momentos de pureza absoluta, las piezas de ese jarro quebrado que es nuestra percepción de la vida parecen juntarse durante unos instantes. Son momentos de claridad imprescindibles en un mundo cada vez más sobrecargado de estímulos sensoriales.
Mi compañera de salida yace a mi lado, complaciente y dispuesta. Su cuadro, al igual que mi piel, luce las cicatrices de mil batallas, unas ganadas, otras perdidas, pero todas y cada una vividas con intensidad. Me levanto, monto sobre su lomo y pedaleo hacia el ramal izquierdo del camino.
Dicen que el turista es aquel que no sabe dónde ha estado, mientras que el viajero es aquel qué no sabe a dónde va. Del mismo modo que, en la vida, a menudo hay que perderse para poder encontrarse a uno mismo, también en ocasiones hay que romper con las personas a las que queremos para evitar romper con la vida misma. No dejes de pedalear, nos vemos el próximo mes.
Labels: ciclismo, mountain-bike, opinión, tirando millas



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