Balada de la Nutria Marina
Texto y Foto: Manuel Maqueda
Tirando Millas
Balada de la Nutria Marina
Tiene bigotes, lleva abrigo de piel y come marisco. Te presento a la nutria marina.
La nutria marina es una criatura fascinante que pasa el día flotando panza arriba en las aguas de la costa norte del Pacífico. A menudo, sostiene en las manos, como si de un bebé se tratara, a su cría, meciéndola con cariño. De vez en cuando, se zambulle y, al cabo de un rato, resurge con alguna viera o almeja, que coloca sobre su tripa y abre a golpes utilizando una piedra. Es un espectáculo fascinante.
No está muy claro porqué el mayor festival ciclista de Norteamérica recibe el nombre de este animal, por mucho que las nutrias marinas habiten en esta zona. A simple vista, la Sea Otter Classic tiene poco en común con el carácter holgazán y vividor de este simpático mamífero y consiste, más bien, en pegarse una paliza tremenda, ya sea compitiendo en bici, pateando por la feria de muestras o corriendo de un lado a otro para captar instantáneas del evento.
Cae la tarde sobre las montañas de Monterey, los circuitos se vacían y los ciclistas se tienden, exhaustos, sobre las mesas de masaje. Es entonces cuando la luz de la luna llena asoma entre las nubes y uno siente como se le erizan los bigotes, le crecen las orejas, se le alargan sus colmillos y le entran unas ganas terribles de comer marisco.
En pleno centro de Monterey hay un restaurante de sushi donde Independent Fabrication y Phil Wood celebran una cena, no se sabe muy bien si para clientes VIP o para freaks. Debería saberlo, ya que soy uno de los invitados escogidos. La camarera se llama Tomoko y es de Osaka. Al menos, eso me asegura. Me quedo mirándola de reojo, preguntándome dónde la he visto antes.
Voy por mi segunda frasca de sake caliente y por la tercera Sapporo helada. Debo dosificarme si quiero llegar vivo a la siguiente cita de la noche. Me despido de mis amigos y, cuando creo que nadie me mira, tuerzo una esquina y pogo rumbo a hurtadillas hacia la fiesta de Kona, que se celebra en Cannery Row, cerca de la vieja fábrica donde se enlataban sardinas en las novelas de John Steinbeck.
Siempre que salgo de un restaurante de sushi tengo la deplorable costumbre de olerme la mano. Sin embargo, en esta noche de luna llena, el olor a nori y maguro de mis dedos no parece molestarme. Al contrario, me incita a lanzarme a la vorágine de la fiesta con energías renovadas. Nada más entrar, creo reconocer a unas amigas bikers y pongo rumbo directo hacia ellas. A los pocos pasos soy interceptado por un grupo de plastas que me llevan persiguiendo durante meses para que les haga una sesión de fotos. Me refugio en el cuarto de baño y compruebo con alivio que el ventanuco de ventilación está abierto. Me subo a la taza del water y salto con decisión. La escalera de incendios está un poco oxidada, pero me deposita en el suelo del callejón con suavidad. Miro el reloj: tiempo de sobra para llegar a la fiesta de SRAM.
Sobre la playa, la música electrónica y un grupo de fogatas marca el lugar donde se celebra el sarao más marchoso de la noche. Aquí es donde están los famosillos, los gurús de la industria, los pilotos pata negra y, como no, los amigos españoles con los que en seguida hago corrillo para intercambiar los chascarrillos del día. Poco a poco, va muriendo la fiesta y, cómo de costumbre, sólo quedamos los ibéricos. Nos dirigimos al centro del pueblo y peregrinamos por los mortecinos locales nocturnos hasta la hora del cierre. Luego nos despedimos y regresamos, cabizbajos, a nuestros impersonales hoteles con una sensación de vacío similar a la de la nutria marina que baja hasta el fondo del mar y se lo encuentra tapizado de basura y latas oxidadas.
Tumbado boca arriba en la cama de mi habitación, siento como la maldición de la nutria marina comienza a remitir: mis orejas se encogen, desaparecen mis largos bigotes y el cuerpo se me vuelve lampiño. Instintivamente, me llevo la mano a la nariz: todavía huele a sushi. El techo comienza a darme vueltas y me horroriza pensar que mañana tengo que madrugar. Qué se le va a hacer, son cosas de la Sea Otter. No dejes de pedalear, nos vemos el próximo mes.
Labels: ciclismo, mountain-bike, opinión, tirando millas




3 Comments:
Es aliviante sentarse delante de la pantalla y leer,sin perder detalle alguno del articulo,con el q nos deleita siempre Manuel,desde USA.La narracion de los hechos es perfecta,y a veces me siento en la piel,del mismo.Solo queria felicitar este pequeño apartado que dedicais al mundillo de la bici,que por desgracia aqui,en españa,no esta tan reconocido como alli.Y como dice un biker valenciano,-no dejes de pedalear-jeje..1 fuerte abrazo a todos los amantes de este maravilloso deporte.
Cuando te apetezca ver lo que se cuece por el norte de la españa freerider pincha en jorgeportela.blogspot.com a falta de north shores y A-lines nos contentgamos con el freeride urbano entre un trafico masestresante que NYork city en hora punta
COLEGAAASSSSS
Muchas gracias amigo valenciano y amigo gallego por vuestros comentarios. Me encanta saber que os molan los articulillos que os cuelgo por aquí de vez en cuando.
No os creais que el MTb español tiene nada que envidiar al de USA! A la hora de vivir la bici a tope, en ambos lugares hay peña a la que, como a vosotros, le sale el entusiasmo por las orejas. ¡Eso es lo que mola! La diferencia es que en espña sabemos combinar el deporte con un buen pincho de tortilla o un mega cubata en la barra de un bareto, mientras que por aquí a muchos no hay quien le saque de la barrita enrgética y el batido energético.
Vosotros que podéis tomaos una buena ración y una birra española a mi salud
Un abrazo
manuel
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